Los tres jinetes del apocalipsis 1

The Independent está asustado. El otro día preguntaba con voz de heraldo si estamos ante la destrucción del capitalismo o al menos si asistimos al desmoronamiento del neoliberalismo como modelo económico. En cierta medida el miedo que tiene The Independent lo tienen casi todos los analistas. Es un miedo paralizador como si se hubieran reunido a cenar en Milliways. ¿Recordáis?
Esto es Milliways, el restaurante del fin del mundo.

- ¿El fin de qué? – dijo Arthur.

- El fin del mundo – repitió el camarero, con mucha claridad y una nitidez innecesaria.

- ¿Y cuándo será eso? – preguntó Arthur.

- Dentro de unos minutos, señor – respondió el camarero.

Respiró hondo. No era estrictamente necesario, porque su cuerpo estaba provisto de un surtido especial de los gases necesarios para la supervivencia mediante un pequeño dispositivo intravenoso atado a su pierna. Sin embargo, hay ocasiones en que, cualquiera que sea el metabolismo que se tenga, se debe respirar hondo.

- Y ahora – dijo -, si por fin quieren pedir las bebidas, les acompañaré a su mesa.

Zaphod sonrió con dos muecas enloquecidas, se paseó por la barra y bebió todo lo que encontró a su paso.

El Restaurante del Fin del Mundo se publicó en España a mediados de los ochenta y forma parte de la trilogía de Douglas Adams que incluye La Guía del Autoestopista Galáctico. Es un relato delirante en un planeta condenado porque sus habitantes se empeñaron en tener más zapaterías de la cuenta que acuden a un restaurante que tiene como espectáculo diario la destrucción completa del universo y dado que está construido en una burbuja temporal los clientes tienen la oportunidad de asistir una y otra vez al fin del mundo.
Y en estas estamos. El País señalaba que ”cuando los mercados son concebidos en términos de obtención de beneficios, no promueven -como dice la teoría clásica liberal- la eficiencia en los servicios, sino la concentración de la riqueza y la especulación. De esta forma, el valor económico real de los activos del planeta es ahora tres veces inferior a los instrumentos financieros (bonos, títulos, acciones, derivados, etcétera) emitidos tomando como referencia esos activos” todo ello como consecuencia de la especulación y el monopolio capitalista en eso que llamamos libre mercado. Contrariamente a lo que nos cuentan los mercados libres, sin las regulaciones e intervenciones estatales, tienden al monopolio.
Solo para hacernos una idea de la concentración de riqueza, en la actualidad en el Reino Unido, el 1% de la población controla más de un tercio de la misma.
En un papel que circula por la red se explica en unas pocas páginas como los bancos, ante la bajada de los márgenes de intermediación, empezaron a bajar el umbral de riesgo de sus préstamos para subir el interés y aumentar la contratación: cualquiera podía pedir un crédito, ya no era necesario un aval o un trabajo sólido y bien remunerado. De hecho empiezan a prestar el dinero por encima del valor del bien hipotecado basándose en el continuado crecimiento de la economía y en enorme incremento de los activos inmobiliarios. Bajo este panorama la demanda de préstamos crece para afrontar pagos de diversas índoles y los bancos americanos necesitan que, a su vez, otros bancos les presten dinero. Parte del problema reside en que los bancos prestatarios ignoran el riesgo que están teniendo, lo que más que una explicación es una acusación de incompetencia. Los americanos recurren a la trampa de la titulización, que es poner en lotes de menor tamaño hipotecas con diferentes tipos de riesgo, que venden salvando las normativas internacionales de endeudamiento. Y lo salvan porque los compradores de esos paquetes son fondos de riesgo que ellos mismos crean pero que no consolidan en sus balances. Esos mismos fondos obtienen el dinero de bancos extranjeros que venden esas obligaciones a financieras, aseguradoras, simcavs, etc.
Pero la pompa de jabón inmobiliario se hace más fúnebre que nunca y los clientes advierten que deben al banco más que lo que vale su casa por la caída de precios y dejan de pagar. Los americanos siempre dispuestos a poner nombre enjundioso a cada cosa le llaman jingle mail, esto es, meten las llaves de la casa en un sobre y se la mandan al banco.

Es el tintineo de la morosidad que empieza a llamar a la puerta.
En este momento la bola de nieve es gigantesca, los fondos son incapaces de colocar sus productos, los bancos ignoran el riesgo que han asumido y dejan de prestarse dinero. El mercado interbancario sube y complica la vida un poco más a un ingente número de familias hipotecadas durante los últimos diez o quince años. Ante la falta de liquidez, los bancos empiezan a exigir más seguridad de pago y a ofrecer menor porcentaje sobre el valor del inmueble previendo la devaluación del bien. Las constructoras y las inmobiliarias dejan de vender los pisos construidos por falta de crédito financiero a sus potenciales clientes y dejan de poder terminar las promociones porque el banco ya no les fía.

Es hora de que los adalides de la no intervención, los neoliberales reclamen a las autoridades monetarias, a los bancos centrales que les saquen las castañas del fuego.

La odisea de los comensales del Restaurante del Fin del Mundo no termina aquí, inmediatamente se inicia una nueva deriva que les mostrará el auténtico origen del hombre.

Pero eso será otro día.

Explore posts in the same categories: Política, Prensa

Tags: , , ,

You can comment below, or link to this permanent URL from your own site.

Comment: