Rajoy está jugando a los médicos

El síndrome de aplastamiento es básicamente la consecuencia de la liberación de miembros o cuerpos completos de una gran compresión mecánica. Tras terremotos, derrumbes o guerras un individuo sufre un aplastamiento por materiales indeformables que interrumpen la circulación sanguínea. La paradoja está en que la liberación apresurada y poco cuidadosa del cuerpo tras el aplastamiento, perjudica gravemente al organismo. A partir de las cuatro horas de compresión el músculo en isquemia empieza a necrotizarse. Al descomprimir las partes atrapadas, la circulación se restablece, se absorbe sal y aparece el edema aumentando la presión interna ya que las fascias -las cubiertas fibrosas de los músculos- no son muy elásticas. Al poco tiempo aparece de nuevo la isquemia de esa zona por el síndrome compartimental, la presión interna compite con la arterial. El daño celular provoca que se viertan al torrente sanguíneo proteínas, enzimas, sales y otros producto de desecho, elevando sus valores hemáticos y poniendo en dificultades al riñón como filtro. Estos procesos se realimentan dañando los capilares y comprometiendo aun más la circulación y aumentando el daño celular. El brutal incremento de algunas sustancias y el precipitado de otras empieza a resultar tóxico para el riñón que puede sentir fatalmente la disminución de riego por la liberación de vasoconstrictores y sustancias inflamatorias. Cuando todo sigue yendo mal, el hígado empieza a sufrir y llega la muerte por fallo multiorgánico. El rescate de individuos atrapados con extremidades aplastadas implica el obligado conocimiento de este síndrome, que se llama síndrome del rescatado de la muerte, esto es, agravamiento inmediato tras la liberación causado, como dijimos, por el vertido de las sustancias tóxicas liberadas por los tejidos dañados. El procedimiento correcto consiste en devolver lenta y progresivamente la circulación sanguínea de las extremidades aplastadas y el control bioquímico de las sustancias liberadas y, previamente a la descompresión, la hidratación y el reequilibrio electrolítico.

-¿Pero…, pero esto qué coño es? ¿Este rollo médico a qué viene?

Veo, como otras veces, que no estáis atentos y que hay que explicarlo todo, a pesar de que me he esforzado en poner muy clarito el síndrome de aplastamiento, algunos se han quedado en el Dr. Gannon y no ven House.

Veamos.

Durante cuatro años ha habido un partido político que se ha encontrado aplastado por la realidad, la evidencia de los hechos. Han intentado de mil maneras liberarse, han recurrido al infundio, a la sospecha. Han buscado ayuda externa y los dioses de las pequeñas mentiras saben que la han recibido corregida y aumentada. Pero el aplastamiento ha sido cada vez mayor. Durante ese tiempo, sus procesos de análisis se han ido deteriorando, sus estructuras se han resentido, pero sus aponeurosis, sus fascias redentoras eran inflexibles y tenaces, no había lugar al cambio, la propia presión interior, el síndrome compartimental, lo impedía. Creo que la historia es bien conocida para que aquí se repita.
Pero ningún mal es eterno y llegó el día de la liberación, el día en que los equipos de emergencias pudieron rescatar ese cuerpo comprimido. Los momentos anteriores fueron dramáticos, diferentes tejidos del complejo entramado competían para restablecerse, lo que para unos era miel era para otros hiel, todos pretendían colocarse en la primera fila del auxilio.  Pero el 9M llegó y retiró todos esos cascotes heredados, esas vigas atávicas y el cuerpo quedó desnudo y, como se esperaba, no pudo lograr la sanación definitiva. Como el equipo de reanimación no era ducho en catástrofes, solo se había ejercitado en el triunfo y el éxito, fue incapaz de buscar un restablecimiento paulatino, una aceptación de las lesiones y procurarse una auténtica rehabilitación. En lugar de adaptarse a la nueva situación, empezaron a quitarse las pesadas cruces, culparon a sus agitadores del derrumbamiento, súbitamente, se apartó la guerra de Irak, el terrorismo, su propia condición de víctimas hizo olvidar a las otras, algunos de sus más conspicuos miembros llegaron a la apoptosis, al suicidio corporativo, otros actuaron con enorme toxicidad para sí mismos y para otros, vertiendo ríos de detritos, de calumnias, de retos, al gran canal común. El síndrome de aplastamiento estaba instaurado a los ojos de todos. Tras la descompresión y una mínima mejoría, el radical agravamiento se impuso. Fueron semanas de UVI, de cortar por lo sano, de optar por la madre o por el niño. Finalmente parece ser que cierto equilibrio se ha impuesto. No nos podemos engañar porque decenas de esfacelos recorren aun el Turia, quizá más muertos que su cauce, quizá hidratándose en aguas prestadas para un próximo salto, para una modesta cascada, esperando el deshielo de la primavera para hacerse fuerte. Rajoy ha logrado controlar la diálisis central y parchear la circulación periférica. De momento ha recomendado reposo.

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