Zanjad la zanjas de una vez
He visto el segundo programa de La Mirada Crítica de Tele5 en esta etapa recientemente estrenada. María Teresa Campos es un personaje suficientemente conocido. Sustituye a Vicente Vallés, un tipo más que competente, en una ligera deriva conservadora, quién sabe si por descubrimiento personal o por consigna de cadena. Al hilo de esto es Tele5 la cadena que más se mete con el Rey, sus amos italianos, como es obligado, deben auspiciar la república, pero distan considerablemente de ser los más progresistas del planeta. Solo un apunte a la diferencia entre republicanismo y progresía.
Vuelvo. La Campos es una tía lista, tirando a poco conservadora, porque quizá progresista sea decir demasiado, y que domina el cotarro sin problemas aunque ayer temblara levemente. La ansiedad de la desfloración no ceja, ni el insecticida de la madurez mata las mariposas en el estómago. Para mi tiene un problema y es ese punto didáctico para el ama de casa [abucheos] Oído cocina. Quiero significar por ama de casa al oyente, en el sentido gramaticalmente más ambiguo, poco ducho en los avatares políticos y económicos. A veces es necesario que el esfuerzo provenga del oyente y sería bueno que se segmentara la audiencia, y ella heredó una, menos ávida de explicaciones de secundaria. Nada más que una opinión. Vuelvo de nuevo. Y quizá también la perjudica cierta pinta de agente de la propiedad inmobiliaria que se las sabe todas. Eso, y tener un ex-yerno con una óptica no se lo pone fácil a peluquería que ya ha roto todas las fotos de Tina Turner.
Tengo un amigo que sueña de tanto en tanto con Terelu, la hijísima, y aunque acepto preferir que aparezca ella a su madre en mi próximo sueño con trasvase, tengo que reconocer que pierde la comparación de conjunto con mamá, infinitamente más capaz.
El programa debe asentarse en la nueva etapa. Espero que le eche unas miraditas críticas este fin de semana, que quiten el trasiego de contertulios y pongan más sillas o que cambien de set para invitados. Han cambiado bastantes opinantes, ha incorporado a Urdaci, a Isabel Sebastián y a Isabel Durán, dos isabeles católicas y fachas que se contraponen a un Fernando Jáuregui, más ecuánime de momento.
Dejando a un lado las defensas a ultranza del gobierno y los ataques despiadados y mentirosos al mismo por según qué tertuliano, llegó el momento de la noticia de Garzón y su causa general con los olvidados de la Guerra Civil.
Es un punto complicado en mi cabeza. Por un lado la inercia inmediata de aceptar, apoyar la medida. El innegable derecho de buscar a tus muertos, recuperarlos y darles entierro conocido como mejor gustes. Abundar es innecesario. Infumable me parece el argumento contrario, de remover heridas, de que la sociedad no lo demanda y más bla, bla, bla. Si a alguno se le abre la herida que se joda, la culpa no es buen cicatrizante. Que se lo haga mirar.
El argumento que opongo es más de índole práctica y surge como contradicción ante un planteamiento que no desarrollé con ustedes para dejar de una vez el vuelo de Spanair. Pero tendré que recuperarlo. Básicamente pensaba en articular un sistema que permitiera todo el respeto, todo el recuerdo y tuviera suficiente soporte legal para no desperdiciar tantas horas de trabajo, tanto dinero y, sobre todo, tanta angustia familiar para nada. Consideremos unos segundos el error administrativo de intercambio de urnas cinerarias entre dos familias. Cada una se llevaba las cenizas del otro. ¿Hubieran dejado de honrarle, de sentirle porque ese carbono, ese calcio o ese fósforo que ahora tizna sus recuerdos no hubiera sido producto de su padre o hermana? ¿Habrá clases o categorías en el azufre o en los nitratos? Pienso en un procedimiento de enterramiento común, máxime cuando, como en esta debacle, los cuerpos estaban tan destrozados o directamente carbonizados. Una fosa que contenga todos los cuerpos, todas las cenizas en lo físico, en lo terrenal, pero que permita el reconocimiento, la devoción, el intenso recuerdo y el amor eterno de la mejor forma y de las más múltiples. Sin restricción. No tiene nada que ver con una fosa común de ocultamiento, de cadáveres desconocidos, de arbitrio y terror. Es un espacio común para los que coincidieron en un espacio y un tiempo trágico. Un lugar de honra y recuerdo. Nada más.
Salvando las distancias, que son cortas, para el asunto de las fosas de la Guerra Civil pasa algo parecido. Quizá el derecho de los ciudadanos se deba acabar en el hallazgo de los cuerpos, en poner nombre imposible a cada fémur y cada parietal, quizá no sea buena idea desenterrar los restos y ponerles un dymo para que su familia los lleve al panteón familiar –quién no lo tiene- o les cueste un dineral almacenarlos en el columbario de turno. Creo mucho más en la recuperación de la información, en la data y la identificación de esos muertos pero dejándolos allí. Levantando una placa en ese lugar, que indique el suceso y los muertos identificados, y si no fuera posible por alguna razón, llevar a cabo una exhumación colectiva y su transporte a un lugar digno para poder ser visitados. Al fin y al cabo, para los que creen en la eternidad, esos cuerpos han estado mucho más tiempo allí, silenciosamente juntos. Esa posesión del cuerpo, empeñar la vida y la hacienda en la repatriación, en la recuperación de las montañas o de los océanos, no es más que superstición religiosa que nos ha calado a todos. Y como ciudadanos modernos, antes que laicos, deberíamos proveer un procedimiento eficaz, que fuera aceptable para muchos y permitiera reducir el espanto de los traslados, de los retrasos, de innumerables costes.
Habrá muchos que finalmente no sean identificados o que no puedan ser reclamados. Setenta años son muchos, pero muy pocos para una explicación común, para un reconocimiento individualizado hasta donde se pueda, para que las cunetas de los caminos de España dejen de guardar secretos y sean simplemente zanjas.
Tags: fosas, maria teresa campos, mirada crítica
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